Hay un momento en el episodio cinco de Queendom que condensa, con elegancia casi accidental, lo que esta serie tailandesa está haciendo diferente al resto del género GL. Print confiesa que le gusta Rey. Rey está al fondo del pasillo. Lo escucha todo. Y en lugar de correr, de llorar, de reaccionar con el pánico que el melodrama convencional exigiría, se queda quieta. Absorbe. Esa pausa (breve, cargada, filmada con sobriedad) dice más sobre el deseo femenino que una docena de besos bien coreografiados.
Queendom llega en el contexto de una expansión notable del GL tailandés en plataformas globales: series como Gap: The Series o Triage abrieron mercado para una audiencia lésbica y sapphic hambrienta de representación con producción decente, y Queendom, emitida por WeTV, asume ese legado con una propuesta que mezcla la comedia de intercambio de cuerpos (tan cara al cine asiático popular) con el romance de slow burn entre dos pares de mujeres de generaciones distintas. Doce episodios. Dos parejas. Cuatro actuaciones que sostienen una estructura que, sin ellas, se habría derrumbado en el tercer episodio.
La premisa: Print y Rey son dos mujeres del mundo del espectáculo con una historia de rivalidad y resentimiento, que despiertan un día habitando el cuerpo de la otra. El gimmick narrativo (heredero directo de Freaky Friday) sirve aquí como radiografía emocional. Vivir en la piel de quien detestas obliga a una intimidad que ningún guión convencional podría justificar: conoces sus cicatrices, su perro que no te reconoce, el marcador de altura en la pared de su infancia. La dirección fotográfica acompaña con una paleta saturada, casi camp, que señala el tono desde el primer plano: esto es ficción que se sabe ficción, y se permite el goce.
La segunda pareja (Mai y Fon, las mánagers de las protagonistas) opera en frecuencia completamente distinta. Son mujeres adultas con historia compartida y heridas sin cerrar, y la serie tiene la inteligencia de tratarlas con una madurez que el par protagonista no puede alcanzar todavía. Mai, fría como mármol y con una lista de exparejas que explica cada uno de sus muros defensivos, frente a Fon, que mantiene sus límites con una claridad que resulta, en este género, casi subversiva.
Queendom tiene defectos que vale la pena nombrar sin suavizarlos. Los primeros episodios abusan del fake-out romántico hasta el agotamiento, una táctica de retención que funciona una vez y chirría a la tercera repetición. La violencia de los subplots familiares del tramo final (el escándalo del padre, la trama de la estafa online) llega con la urgencia torpe de quien rellena minutos en lugar de construir drama. Y la escena en que las protagonistas hacen pública su relación sin que el mundo de la farándula (ni el fandom, ni la prensa) reaccione en absoluto, desaprovecha lo que podría haber sido el momento de mayor peso cultural de la serie: el coste real, y el júbilo real, de salir del armario siendo figura pública.
Pero cuando la serie encuentra su velocidad de crucero, entrega algo que el GL pocas veces logra: dos modelos de amor simultáneos, sin jerarquía moral entre ellos. El amor joven, torpe y glitter de Print y Rey, y el amor adulto, escaldado y carnal de Mai y Fon no compiten: se complementan como espejo generacional. La boda final (en una estética barbiecore que podría resultar grotesca y, sin embargo, funciona) cierra la serie con la rara convicción de que las mujeres que se aman merecen el espectáculo completo, sin disculparse por ocupar ese espacio.

