Margaret Qualley entra en un bar con tacones que hacen clic contra el suelo sucio de Bakersfield. Se mueve como si hubiera nacido en blanco y negro, con ese aplomo de detective de novela pulp que sabe que todos la están mirando. Aubrey Plaza la observa desde la barra con esa mezcla de hambre y desdén que solo ella sabe calibrar. La tensión sexual es tan espesa que podrías cortarla con una navaja. Y por un momento (solo un momento) Honey Don’t! parece que va a cumplir todas las promesas que Ethan Coen y Tricia Cooke hicieron cuando anunciaron su “trilogía lésbica de películas B”. Pero ese momento se desvanece rápido, dejando tras de sí un sabor amargo: el de una película que quiere ser transgresora pero termina siendo un pastiche sin sustancia.
Honey Don’t!, estrenada en agosto de 2025, es el segundo filme de esta trilogía que comenzó con Drive-Away Dolls (2024) y que aspira a ocupar un espacio singular en el cine queer contemporáneo. Cooke, quien es lesbiana y ha estado en una relación platónica con Coen durante más de 30 años, se propuso hacer visibles a las protagonistas lesbianas dentro del género noir. Una ambición loable, sin duda. El problema es que la intención no basta cuando la ejecución es errática y la película parece más interesada en chocar que en decir algo significativo.
Qualley interpreta a Honey O’Donahue, investigadora privada que llega a la escena de un accidente automovilístico fatal y sospecha de inmediato que no fue un accidente. La víctima, una joven que había contactado a Honey el día anterior, está conectada de alguna forma con un reverendo narcisista interpretado por Chris Evans, quien dirige una iglesia de fachada desde donde trafica drogas y seduce a las mujeres vulnerables de su congregación. Mientras investiga, Honey inicia un romance ardiente con MG Falcone (Plaza), una policía antisocial con un pasado violento. Entre cadáveres que se acumulan, una sobrina desaparecida y escenas de sexo gráfico, la película intenta construir un thriller noir con sensibilidad queer. Pero lo que obtiene es un collage desarticulado de momentos que no terminan de cohesionar.
Visualmente, Honey Don’t! es competente. La cinematógrafa Ari Wegner captura las calles polvorientas de Bakersfield en tonos de postal descolorida, y el trabajo de vestuario de Peggy Schnitzer logra que Qualley luzca como una femme fatale atemporal, con referencias a Lauren Bacall y Katharine Hepburn. La partitura de Carter Burwell añade un aire de misterio western que funciona en los mejores momentos. Pero estos aciertos técnicos no pueden ocultar el problema fundamental: la trama deambula sin rumbo de tangente en tangente, sin cohesionar nunca en algo sustancial o integrado.
La representación en Honey Don’t! merece un análisis más matizado que el simple aplauso por existir. Cooke quiso invertir las normas de género haciendo que el personaje femenino fuera la detective y el más butch fuera la femme fatale, una idea interesante que en la práctica se diluye. Las escenas de sexo entre Honey y MG son intensas, y es admirable que Coen no las suavice ni romanticice, aunque hay momentos en que rozan lo implausible (como esa escena en un bar abarrotado donde nadie parece notar lo que están haciendo). El problema no es la explicitez, sino que la película parece creer que con mostrar sexo lésbico gráfico ya cumplió su cuota de transgresión.
Hay un momento de verdadera intimidad cuando Honey y Falcone comparten una conversación poscoital sobre sus historias de coming out y lamentan lo insensibles que han tenido que volverse para sobrevivir en un mundo donde las mujeres son forzadas a una victimización voluntaria por abusadores. Es una escena breve pero poderosa, que sugiere la película que Honey Don’t! podría haber sido: una exploración seria del trauma, la solidaridad queer y la supervivencia en espacios hostiles. Pero ese momento queda enterrado bajo capas de violencia gratuita y giros argumentales que no llevan a ninguna parte.
Cuando incluso la representación más insípida puede provocar llamados de boicot por parte de los intolerantes, hay algo revelador en que una película de gran estreno que no rehúye criticar la religión o representar las realidades del sexo lésbico llegue y se vaya sin generar ni un ápice de la controversia que busca. Y ese es quizás el fracaso más grande de Honey Don’t!: su cobardía disfrazada de audacia. La película quiere que creamos que está siendo revolucionaria, pero en el fondo es profundamente conservadora en su mirada. Aunque Honey Don’t proclama estar llena de “queerness”, es en realidad una representación heterosexual diluida de lo que significa ser queer.
El elenco hace lo que puede con un guion que no les da suficiente con qué trabajar. Qualley tiene presencia magnética y timing cómico, pero desearíamos que Coen y Cooke le hubieran dado cosas más convincentes que decir. Plaza entrega su habitual mezcla de hosquedad y sensualidad, pero su personaje se siente subdesarrollado. El filme no permite que ningún personaje más allá de Honey se desarrolle en algo remotamente tridimensional. Evans, ausente de la premiere en Cannes, hace un trabajo sólido como reverendo depravado, pero el personaje es más caricatura que amenaza real.
Lo más frustrante de Honey Don’t! es la oportunidad desperdiciada. En el momento preciso en que el gobierno federal y muchos gobiernos estatales están bajo la influencia de la psicótico-narcótica del nacionalismo cristiano, Honey Don’t ofrece una exhibición oportuna de heroísmo: una mujer orgullosamente queer que trata a ministros, policías y otros agentes de instituciones sexistas y escleróticas con desprecio. Esa valentía política existe en el ADN de la película, pero se diluye en una narrativa que no sabe qué hacer con ella.
Tricia Cooke ha dicho que Ethan le permitió explorar una “sensibilidad queer distinta, muy alejada del estilo sofisticado que Joel y él habían desarrollado”. Y ahí radica la paradoja: al intentar liberarse del perfeccionismo de los hermanos Coen, Ethan ha caído en un tipo diferente de trampa. Sus películas en solitario tienen ese aire de libertad creativa, pero carecen de la disciplina narrativa que hacía brillar incluso sus comedias más absurdas. Honey Don’t! quiere ser Bound (1996) para una nueva generación, pero termina siendo más una curiosidad que un hito.
Al final, Honey Don’t! es una película que merece existir pero que decepciona en su ejecución. La comunidad sáfica merece representación que vaya más allá de la visibilidad superficial, que no se conforme con mostrar sexo explícito y llamarlo liberación. Merecemos personajes complejos en tramas que funcionen, películas que nos tomen en serio incluso cuando están jugando. Honey Don’t mide el progreso que permite a los narradores crear personajes queer sin explicación, disculpa o tragedia. Y eso, al menos, es un pequeño avance. Pero el progreso no es suficiente cuando la película misma es tan olvidable.
Qualley se aleja en su Chevelle SS convertible de 1972, con los créditos rodando sobre una canción que intenta ser cool. Y nos quedamos ahí, en la oscuridad del cine, preguntándonos qué vimos exactamente y por qué se siente tan vacío. Tal vez el título lo decía todo desde el principio: Honey Don’t. Cariño, no lo hagas. O al menos, no así.

