- Editorial y año de publicación: Edítalo Contigo (distribuida por Editorial Egales), 2014
- Número de páginas: 396
- Género/clasificación: Romance
Hay una escena que se repite en la literatura sáfica con la insistencia de un mantra: la mujer mayor, inalcanzable, envuelta en un aura de misterio y autoridad; la joven que la observa con hambre, con ese tipo de devoción que confunde el despertar sexual con el amor absoluto. Lo vimos en Carol, en Portrait de la jeune fille en feu, en decenas de novelas donde la asimetría de poder se viste de romanticismo. Lorna (2014, Editorial Egales) de Erika Hav hereda esa tradición y la lleva a un territorio donde la evocación se convierte en incomodidad. Porque Denise tiene dieciséis años. Lorna, cuarenta.
La premisa es conocida: un accidente de tráfico lleva a Denise, estudiante de medicina, a una clínica donde Lorna ejerce como doctora. Lo que sigue es la narración de una obsesión. Denise observa, anhela, persigue. Lorna resiste (o finge resistir) hasta que no puede más. La novela despliega esta dinámica a lo largo de casi cuatrocientas páginas, y aquí reside su primer problema estructural: la repetición. Denise piensa en Lorna. Denise sueña con Lorna. Denise ve a Lorna. Denise desea a Lorna. El texto gira sobre sí mismo con una circularidad agotadora, como si la intensidad emocional pudiera sustituir al desarrollo narrativo.
Hav escribe con una prosa fluida, a ratos envolvente. Los diálogos (su mayor fortaleza) capturan algo genuino en el intercambio entre las protagonistas, una intimidad verbal que funciona cuando el texto no está ocupado en describir, por enésima vez, los efectos físicos que Lorna provoca en el cuerpo de la narradora. Pero la arquitectura de la novela falla donde más importa: en la construcción de Denise como personaje. Vista exclusivamente a través de su deseo, carece de interioridad más allá de ese deseo. No tiene amistades significativas, intereses propios, conflictos que no pasen por Lorna. Es, en términos narrativos, un satélite sin órbita propia.
Y aquí llegamos al elefante en la habitación. La diferencia de edad (veintitrés años) no es el problema. El age gap en la literatura sáfica tiene una tradición rica y compleja, desde Highsmith hasta Harper Bliss. El problema es que una de las partes es menor de edad, y la otra es su médica tratante. La novela menciona esto como un “dilema moral” de Lorna, pero lo hace con la ligereza de quien considera el obstáculo un mero trámite narrativo. El texto romantiza sin cuestionar. Describe encuentros sexuales explícitos entre una adulta en posición de poder y una adolescente bajo su cuidado profesional, y espera que leamos esto como transgresión erótica, como amor que desafía convenciones.
Una reseña en Amazon lo resume con escalofriante candidez: “A pesar de que se trata de un amor ilegal, es un amor bonito”. Esa frase condensa el problema central de Lorna y de cierta vertiente de la narrativa lésbica que confunde la escasez de representación con permiso para romantizar lo problemático. Durante décadas, las historias de amor entre mujeres fueron tan escasas que cualquier final feliz se celebraba como victoria. Pero la abundancia actual (relativa, imperfecta, todavía insuficiente) nos permite y nos exige ser más críticas.
Lorna pertenece a un momento editorial específico: la autopublicación y las plataformas como Wattpad democratizaron la literatura sáfica en español, llenando un vacío que las editoriales tradicionales ignoraban. Ese contexto explica, aunque no justifica, ciertos rasgos de la novela: la extensión excesiva, la falta de edición rigurosa, la estructura que privilegia la gratificación inmediata sobre la complejidad narrativa. Hay en Lorna un eco de fanfiction que sus defensoras consideran virtud y sus detractoras, limitación.
Lo que rescata parcialmente la lectura es la figura de Lorna misma (la doctora, no la novela). Hay en ella una opacidad interesante, un conflicto interno que la narración en primera persona de Denise apenas deja entrever. Una novela contada desde su perspectiva, con su culpa y su deseo y su conciencia de lo que está haciendo, podría haber sido genuinamente perturbadora en el sentido literario del término: una exploración incómoda del poder, la ética médica, el autoengaño. En cambio, tenemos a Denise diciéndonos lo maravillosa que es Lorna, lo irresistible, lo inevitable de su amor.
La literatura puede y debe explorar territorios oscuros. Nabokov escribió Lolita; Highsmith pobló sus novelas de personajes moralmente repugnantes. La diferencia está en la mirada. Lolita no romantiza a Humbert Humbert; expone su monstruosidad a través de su propia voz seductora. Lorna carece de esa distancia crítica. Pide que celebremos lo que debería, al menos, inquietarnos.
Quizá el mayor fracaso de la novela sea su ambientación deliberadamente vaga (una ciudad sin nombre, un país sin identificar, nombres anglosajones en un texto plagado de modismos castellanos). Esa indefinición geográfica funciona como coartada: al no situar la historia en ningún lugar concreto, evita confrontar las implicaciones legales y éticas de lo que narra. El limbo espacial es también un limbo moral.
Lorna encontrará lectoras que la devoren en una semana, que vuelvan a ella buscando la intensidad de ese deseo adolescente por la mujer mayor e inalcanzable. Es una fantasía reconocible, casi arquetípica. Pero las fantasías también merecen escrutinio. Y a veces, lo que se presenta como historia de amor es otra cosa que preferiríamos no nombrar.

