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Hay algo revelador en que la primera serie GL (Girls’ Love) de la televisión nacional tailandesa naciera de un acto de fe financiera: Saint Suppapong, su productor, invirtió su propio dinero en un mercado sin datos de rentabilidad, apostando por una historia que los estudios grandes no se atrevían a contar. Gap The Series (2022-2023) llegó al mundo torcida (su primer tráiler provocó una reacción tan negativa que obligó a reescribir el guion, cambiar vestuario y reubicar locaciones) y sin embargo, un año después, acumulaba más de ochocientos millones de visualizaciones en YouTube. Las cifras impresionan. Pero el fenómeno exige una pregunta más incómoda: ¿estamos ante un logro narrativo o ante el hambre de un público tan desatendido que celebra cualquier cosa que se le parezca?

La premisa es un cóctel de tropos del romance asiático: Mon, recién graduada, consigue trabajo en la empresa de Sam, una CEO de linaje casi aristocrático que le salvó la vida en la infancia y a quien ha idolatrado desde entonces. Entre ellas median la jerarquía laboral, ocho años de diferencia de edad, la brecha de clase y un compromiso arreglado que pende sobre Sam como una guillotina familiar. No hay sorpresas estructurales. El arco es el esperado: acercamiento, tensión, crisis, resolución. Lo que distingue a Gap no es su arquitectura dramática (convencional hasta la médula) sino el territorio donde planta su bandera.

Freen Sarocha Chankimha y Becky Rebecca Patricia Armstrong (el dúo bautizado “FreenBecky” por un fandom voraz) cargan la serie sobre sus hombros con una convicción que excede el material escrito. La química entre ellas ha sido descrita como “abrasadora”, capaz de hacer que escenas con diálogos flojos se sientan auténticas. Freen construye a Sam con contención calculada: una mujer que ha aprendido a deshabitar su propio rostro para sobrevivir a las expectativas, y cuya vulnerabilidad emerge en fisuras mínimas (una sonrisa contenida, un silencio demasiado largo). La actriz estudió libros de negocios y programas como Shark Tank para entender la psicología de una CEO, un detalle que habla de su compromiso con un personaje que, en el guion, a veces roza la caricatura de la “princesa de hielo”.

Becky, por su parte, humaniza a Mon más allá de la ingenuidad del arquetipo sunshine girl. Su adoración obsesiva por Sam (potencialmente perturbadora en otras manos) adquiere una cualidad entrañable porque Becky la interpreta con transparencia emocional, no con candidez vacía. Juntas, logran que el espectador olvide las costuras del melodrama.

La cinematografía de Gap es, para decirlo con elegancia, un caos con momentos estilosos. La serie oscila entre composiciones cuidadas (uso deliberado de contrastes cromáticos, planos que respiran) y elecciones desconcertantes: ángulos holandeses gratuitos, llantos poco convincentes, gritos que rompen el tono. Hay quienes leen esto como camp, una estética del exceso que abraza su propia torpeza con guiño cómplice. Otros lo ven como simple impericia. Probablemente sea ambas cosas, dependiendo del episodio.

Donde la dirección visual encuentra su mayor consistencia es, paradójicamente, en las escenas íntimas, esas secuencias que el director Nuttapong Wongkaveepairoj parece haber coreografiado con más intención que el resto del metraje. La serie no reduce el erotismo por tratarse de dos mujeres, una decisión que evita el doble rasero habitual frente al contenido BL masculino. Algunos espectadores perciben fetichización; otros celebran que el deseo ocupe espacio sin disculpas.

Gap acierta donde muchas producciones fracasan: no asigna roles de “esposo” y “esposa” a la pareja, no patologiza la sexualidad de sus protagonistas, no exige que atraviesen una crisis de identidad homofóbica antes de aceptarse. Mon y Sam se desean sin el aparato trágico que el cine sáfico ha arrastrado durante décadas. Esto no es poco.

Sin embargo, la serie también opera dentro de límites cómodos. El conflicto externo recae en una abuela casi cartoonescamente malvada (le falta solo el bigote para retorcer), mientras que el personaje masculino de Kirk funciona como un antagonista más matizado: el “buen partido” que todos insisten en recomendar, cuyo verdadero crimen es el sentido de posesión disfrazado de cortesía. Esta elección es más inteligente de lo que parece: Kirk encarna un machismo sistémico, no caricaturizado, que muchas mujeres reconocerán de inmediato.

¿Dónde flaquea? El ritmo se vuelve repetitivo y tedioso hacia los últimos episodios; la trama estira conflictos que ya habían sido resueltos emocionalmente, como si el equipo no confiara en que la audiencia permanecería sin un nuevo obstáculo artificial cada semana. La música, en ocasiones, irrumpe con un volumen que sabotea la escena que debería acompañar. Y el guion alterna diálogos afilados con otros que suenan a primer borrador.