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  • Editorial y año de publicación: Publicación independiente,
  • Número de páginas: 333
  • Género/clasificación: Novela contemporánea

El silencio entre nosotras, de Isolde Braun, se construye sobre una premisa reconocible dentro de cierta narrativa reciente: dos mujeres marcadas por una historia compartida, una distancia sostenida en el tiempo, y un reencuentro atravesado por aquello que no se dijo cuando todavía importaba. Hasta aquí, nada nuevo. El gesto de Braun no está en la premisa, sino en su insistencia. En llevar esa omisión hasta el límite. En convertir el silencio no en un obstáculo a superar, sino en el verdadero material narrativo.

La novela sigue a June, médica vinculada a una misión humanitaria, cuya vida parece organizada alrededor de una ética del cuidado que nunca se extiende del todo hacia sí misma. El pasado irrumpe bajo la forma de Rilke (nombre cargado, no por casualidad), una figura que condensa lo que fue interrumpido y nunca elaborado. Braun no se apura en explicar el vínculo ni en justificar la herida. Prefiere rodearla. El relato avanza con un ritmo contenido, a ratos deliberadamente opaco, que obliga a la lectora a leer entre líneas más de lo que el texto explicita.

Ese es uno de sus aciertos reales: la confianza en una lectora activa. Braun no traduce emociones, no subraya conflictos, no organiza el dolor para que resulte digerible. Hay escenas que se sostienen en gestos mínimos, en decisiones aparentemente prácticas que esconden un conflicto ético y afectivo más amplio. La estructura acompaña esa lógica: capítulos que parecen avanzar poco en términos de acción, pero que van acumulando tensión a través de repeticiones, silencios, desplazamientos. Nada explota. Todo pesa.

Sin embargo, la misma operación que le da densidad al texto es también su mayor limitación. El silencio, llevado con tanta coherencia formal, termina por volverse un refugio demasiado cómodo. Hay momentos en los que la reticencia narrativa deja de ser una elección expresiva y empieza a funcionar como evasión. No porque el texto deba explicarse más, sino porque evita tomar posición en los puntos donde la fricción sería más productiva.

Esto se nota especialmente en la representación del vínculo. Braun huye con inteligencia de la idealización romántica y del dramatismo fácil. La relación entre June y Rilke está marcada por asimetrías, por decisiones mal tomadas, por una ética del sacrificio que nunca se cuestiona del todo. El problema no es que el texto muestre esa dinámica, sino que rara vez la tensiona. La narración parece aceptar como inevitable un modelo de amor basado en la renuncia, el aplazamiento y la incompletud, sin preguntarse qué se reproduce ahí ni a quién sirve ese silencio prolongado.

El contexto humanitario y político en el que se mueve June aparece como telón de fondo ético, pero también como coartada. El cuidado de los otros, la urgencia externa, la catástrofe ajena funcionan como elementos que justifican la postergación constante de lo íntimo. La novela registra esto con lucidez, pero se queda corta al momento de incomodarlo. Hay una pregunta que el texto bordea y nunca formula: ¿cuándo el compromiso se vuelve una forma elegante de huida?

Formalmente, Braun escribe con pulso. Su prosa es contenida, limpia, sin ornamentos innecesarios. Cuando acierta, lo hace por omisión: una escena que termina antes de lo esperado, una conversación que se interrumpe justo donde debería empezar. Pero esa misma economía produce zonas de homogeneidad. El tono se mantiene tan controlado que, hacia el final, la lectura corre el riesgo de aplanarse. No hay quiebre. No hay error. Y eso, en una novela que trabaja con la herida, resulta llamativo.

El silencio entre nosotras se mueve en una zona intermedia, segura, donde el riesgo está calculado y el daño controlado. Puede leerse como una exploración honesta de la imposibilidad de cerrar ciertas historias. También como un texto que confunde contención con profundidad.

Quizá la pregunta que deja no sea si June y Rilke podrían haber dicho algo distinto, sino si la novela misma se atreve a decir todo lo que insinúa. Porque el silencio, cuando se sostiene demasiado tiempo, deja de ser tensión. Y empieza a parecer una decisión que nadie quiere revisar.