Hay un momento en los episodios 9 al 11 de B-Friend (la serie GL tailandesa que llegó a sacudir al fandom sáfico internacional) donde la pantalla deja de ser pantalla. La intimidad entre sus protagonistas alcanza una temperatura que pocas producciones del género se han atrevido a sostener: cruda, presente, emocionalmente honesta. El cuerpo de la espectadora lo registra antes que la mente. Esto, piensa una, es lo que debería existir siempre.
El problema es todo lo demás.
B-Friend llega desde la prolífica industria de GL tailandesa con la ambición de un proyecto coral: más de doce personajes, múltiples líneas románticas, doce episodios para contenerlos a todos. El resultado es el de alguien que intenta atrapar agua con las manos: algo siempre se escapa, y al final queda muy poco.
La edición es, en términos técnicos, un desastre documentable. Cortes abruptos que interrumpen el ritmo emocional antes de que este pueda sedimentarse. Flashbacks reiterados que no aportan capas sino confusión. El episodio final colapsa en una sucesión de fundidos a negro de tres segundos que evocan menos un cierre narrativo que un archivo mal exportado. La continuidad, ese pacto silencioso entre la obra y su espectadora, se rompe con una regularidad que llega a ser casi sistemática.
La gramática visual también traiciona a la serie en sus mejores momentos: cuando la intimidad entre las protagonistas finalmente estalla en pantalla, la fotografía vira hacia tonos oscuros y nebulosos que contrastan agresivamente con la iluminación nítida del resto de la producción. El efecto es involuntariamente revelador (como si la cámara, al acercarse al deseo entre mujeres, sintiera la necesidad de cubrirlo con una sombra) cuando precisamente esos son los instantes que merecían la luz más sostenida.
Y sin embargo. Sin embargo.
Lalin (interpretada con una presencia física y emocional que la producción no termina de merecer) es el eje gravitacional que impide que la serie se desintegre en sus propias contradicciones. Su personaje navega múltiples vínculos, múltiples cuerpos, con una naturalidad que el cine sáfico mainstream todavía raramente concede: el deseo femenino como algo fluido, activo, desinhibido de culpa narrativa. Que su arco resulte finalmente opaco (¿por qué esa fijación con Lan? ¿qué sostiene esa lealtad?) es un fracaso del guión, no de la actriz, que construye presencia donde el texto no ofrece fundamento.
El par Lalin/Dalan y el desenlace que les da la serie funciona precisamente porque la espectadora ha aprendido a leer entre los cortes mal colocados y los flashbacks redundantes. La escena de la chaqueta en la cintura (pequeño gesto de posesión tierna, lenguaje corporal del amor lésbico en su forma más cotidiana) llega como un alivio físico. Doce episodios de caos narrativo para ese instante. Que valga o no depende de cuánto se esté dispuesta a invertir.

