Tras el Telón – Esther Durand

El frío de Viena muerde la piel de Tania Reiter en cuanto baja del tranvía. El frío de Viena envuelve a Eva Sommer en cuanto sale del hotel. El frío de Viena atraviesa la piel de Tania Reiter nada más empujar la puerta lateral del teatro. Si llegaste a este libro buscando variedad narrativa, tengo malas noticias: Esther Durand abre al menos diez capítulos con alguna variación de “el frío de Viena”. Lo que en el primer capítulo es una elección de atmósfera, en el quinto es un tic, y en el décimo es el síntoma de un problema más profundo: la novela opera por repetición donde debería operar por desarrollo.

Tras el telón cuenta la historia de Tania Reiter, encargada de un teatro histórico vienés en decadencia, y Eva Sommer, la directora artística extranjera contratada para salvarlo. El conflicto inicial es bueno —dos mujeres con visiones opuestas sobre qué significa preservar un lugar que aman— y el escenario tiene potencial real. El Teatro Weiss, con sus focos que fallan y sus cuentas en rojo, es el tipo de espacio físico que puede hacer el trabajo emocional de una novela si el texto lo trabaja bien. Durand lo trabaja a medias.

El mayor problema de esta novela no es lo que cuenta. Es lo que abre y abandona.

Tania tiene una relación con el teatro que viene de su madre, bailarina que actuó en ese mismo escenario y que murió —de qué, bajo qué circunstancias, después de qué tipo de vida— el libro nunca lo dice con claridad. El tío Karl, en un momento de confidencia, le dice a Eva que trajo ayuda externa precisamente porque no quiere que Tania termine como su madre, “luchando en solitario hasta romperse en mil pedazos”. Esa frase promete una historia. Promete entender qué le pasó a esa mujer, cómo el teatro puede consumir a alguien, qué clase de herida exactamente lleva Tania encima cada vez que pisa ese escenario. El libro no cumple esa promesa. La madre de Tania queda como un fantasma decorativo: suficientemente presente para justificar la angustia de la protagonista, insuficientemente desarrollada para que esa angustia tenga peso real.

El mismo problema aparece, de forma más grave, con la historia de Eva.

Al comienzo de la novela, Eva explica su situación en Chicago: una bailarina principal la acosaba, Eva la rechazó repetidamente, la bailarina se vengó con acusaciones falsas que arruinaron su carrera. El relato es coherente. El conflicto es claro. Pero hacia el final, cuando esa misma mujer reaparece para amenazar el estreno del Weiss, Eva la llama “su ex”. No “la bailarina que me acosó”. No “la mujer del teatro de Chicago”. Su ex. Como si entre medio hubiera existido una relación que el libro nunca mencionó, nunca insinuó, y que contradice directamente lo que Eva misma había contado. Es una incoherencia que no parece deliberada ni irónica. Parece un descuido. Y en una trama que depende de que el lector confíe en la versión de Eva, ese descuido importa.

Alrededor de estas dos protagonistas, el resto de los personajes existen únicamente en función de ellas. Clara, la mejor amiga de Tania, tiene un momento de traición —comparte artículos sobre el pasado de Eva con todo el equipo sin verificar nada— que se resuelve con una conversación en la cama mientras tiene fiebre. Karl muere en el epílogo como punto de llegada emocional, no como personaje que haya tenido una vida propia dentro del libro. Mathias existe para transmitir malas noticias. El resto del equipo es decorado con nombre.

Y entonces están las escenas de sexo.

Tras el telón tiene muchas. Demasiadas, y demasiado parecidas entre sí. El patrón se repite con una regularidad que termina siendo mecánica: discusión cargada de tensión → contacto físico que la interrumpe → escena explícita → separación → nueva discusión. En la primera o segunda iteración, ese ciclo tiene sentido narrativo: el deseo como forma de decir lo que todavía no encuentran cómo decir. Pero Durand vuelve a ese mismo pozo capítulo tras capítulo, sin que las escenas añadan nueva información sobre las personajes ni hagan avanzar el vínculo. Lo que debería ser desarrollo emocional queda reemplazado por variaciones del mismo encuentro físico. El efecto no es erótico —es repetitivo. Y revela que la novela no sabe muy bien cómo hacer crecer una relación entre dos escenas de sexo.

Hay cosas que funcionan. La psicología inicial de Tania —su confusión entre proteger la memoria de su madre y negarse a que el teatro evolucione— está bien planteada en los primeros capítulos. La escena en que Tania ve los decorados renovados y tiene que admitir que el equipo hizo algo hermoso sin ella es una de las más honestas del libro. Y el conflicto central, la tensión entre tradición y cambio en un espacio cultural frágil, es genuinamente interesante cuando el texto se permite explorarlo en lugar de interrumpirlo con otra escena de cama.

Pero Tras el telón termina siendo una novela que confunde intensidad con profundidad. Que acumula tensión sin resolverla en personajes, que abre tramas que abandona, que repite recursos donde debería arriesgar. El romance sáfico merece escritura que esté a la altura del deseo que representa. Este libro llega a la mitad del camino y se detiene ahí.