Poisonous Love: la química que Tailandia no sabía que nos debía

Una actriz de cine irrumpe en una boda con un test de embarazo en la mano, recibos de infidelidad en el bolso y gafas de sol como armadura. La novia casi llega al altar. La invitada, Pat, tiene todo para ser la villana del cuento. Y sin embargo, en ese primer episodio de la serie tailandesa producida por North Star Entertainment, algo se tuerce de la manera más hermosa posible: ella es, contra toda lógica narrativa, la persona más honesta en la sala.

Eso es Poisonous Love en esencia. Una serie que finge ser melodrama de alto voltaje y resulta ser, episodio a episodio, una de las historias de amor más emocionalmente inteligentes que ha dado el género GL tailandés este año.

La trama arranca con un triángulo tóxico: Pat, actriz famosa con historial de arrastrar relaciones que no le convienen; Nam, la exigente ex que la manipula desde hace años; y Prem, doctora de compostura glacial y compromiso inminente con un hombre que la traiciona. Cuando Pat expone públicamente al novio infiel para salvar a Prem de un matrimonio que no quería, las dos mujeres quedan atadas por algo más difícil de nombrar que la gratitud. La serie lleva esa tensión sin nombre durante cuatro episodios de tensión acumulada (pinzamientos de pared, juego de Marco Polo en la piscina, una mano que tiembla en el ascensor a oscuras) antes de dejar que explote. Y cuando lo hace, lo hace bien.

Lo que distingue a Poisonous Love del GL promedio no es la cantidad de besos sino la calidad de lo que rodea a esos besos. La escena en que Pat cuida a Prem enferma con fiebre (cada gesto calculado para no invadir, para pedir permiso antes de desabotonar, para sostener sin apropiarse) es sapphic storytelling en su forma más adulta. El cuerpo femenino no es objeto de deseo sino de cuidado. Es una distinción que muchas producciones no logran sostener ni cinco minutos.

Las actrices (conocidas por el fandom como #GinJ) cargan la serie entera sobre sus espaldas con una convicción que hace olvidar la ficción. Ginny construye a Prem como una mujer que ha obedecido tanto tiempo que ya no sabe distinguir el miedo del instinto; su despertar no es luminoso sino doloroso, gradual, contradictorio. Jayna da a Pat una arrogancia de superficie que se quiebra exactamente cuando debe quebrarse, revelando una vulnerabilidad (incluyendo una condición cardíaca que la serie usa como foreshadowing brutal) que hace al personaje genuinamente complejo.

La serie tiene defectos que vale nombrar. El personaje de Nam arrastra demasiado tiempo el arco de antagonista sin volverse interesante; es función más que persona. El ritmo de los últimos episodios acusa una cierta precipitación, como si el equipo de guion hubiera pactado con el reloj más que con la historia. Y el final, si bien entrega la propuesta de matrimonio que el libro original nunca se atrevió a dar (lo cual es, para el público queer, una reivindicación significativa), cede en el detalle físico donde más se necesitaba: la reunión entre dos mujeres que creyeron haberse perdido para siempre merece un beso que esté a la altura del dolor previo.

Aun con eso, Poisonous Love hace algo que pocos GL consiguen: sitúa la identidad sexual de sus protagonistas dentro de un contexto social que no la exotiza. La presión familiar, el escándalo mediático, los padres que prefieren creer en fotos trucadas antes que aceptar a su hija, la escena en que Pat se arrodilla ante los padres de Prem en un gesto de nam jai (la sinceridad del corazón como acto de valentía cultural) todo eso ancla la historia en una realidad reconocible para cualquier mujer que haya amado a otra mujer en un mundo que todavía necesita convencerse de que puede hacerlo.