How to Hate My Ex

How to Hate My Ex

Hay una crueldad particular en compartir habitación de hotel con quien ya no amas (o con quien finges que ya no amas). How to Hate My Ex, la mini-serie del H’our Channel, construye toda su dramaturgia sobre esa incomodidad: dos exs que reservaron juntas un paquete de resort cuando todavía eran pareja, y que ahora, solas y tercas, se niegan a cancelarlo. Ninguna cede. Ambas llegan.

Lo que sigue es predecible en su estructura y genuino en su ejecución.

La serie pertenece a esa corriente del Thai GL que ha sabido encontrar en el formato breve una libertad que el drama convencional muchas veces no puede permitirse: sin el peso de veinte episodios que justificar, How to Hate My Ex va al grano. Namkhing y Key (sus protagonistas) no necesitan elaboradas subtramas para existir; les basta la playa, los celos y la vieja herida que ninguna ha terminado de cicatrizar.

El dispositivo de la “pareja falsa” para acceder a los beneficios del resort funciona como metáfora más que como comedia. Fingir lo que fueron para obtener algo que ya no tienen: hay ahí una ironía con dientes. La serie la explota con soltura, sin forzar la carcajada ni caer en el melodrama fácil. La química entre las protagonistas no es explosiva (no hay combustión instantánea, ni miradas que incendien la pantalla) pero sí hay algo más difícil de lograr: credibilidad. La tensión que genera no es la del deseo irrefrenable, sino la del rencor que todavía tiembla cuando roza el afecto.

Uno de los momentos más eficaces de la serie ocurre cuando un tercero atiende una lesión de Namkhing y la reacción de Key (una mezcla de irritación y conciencia propia de esa irritación) revela más sobre el estado emocional del personaje que cualquier diálogo explicativo. Es el lenguaje del cuerpo antes que el de las palabras. Ese instinto narrativo, breve y preciso, es donde la serie brilla.

Sus limitaciones, sin embargo, son reales. El desenlace llega antes de que el terreno emocional esté suficientemente preparado para sostenerlo. El beso final no termina de abrirse. Está, cumple su función narrativa, pero no respira. La elipsis que le sigue corta donde debería expandirse.

How to Hate My Ex es, al final, una serie que sabe exactamente lo que quiere ser: liviana, honesta, simpática. No aspira a la epopeya emocional y esa modestia es, en sí misma, una forma de inteligencia. En el saturado catálogo del romance sapphico de consumo rápido, tener el pulso de tus propias limitaciones es ya una virtud.

Lo que ofrece es suficiente para una tarde de playa (real o imaginada). Lo que no ofrece es esa sensación de que, cuando terminó, algo dentro de ti también cerró un ciclo.

Quizás eso, también, es fiel a la experiencia de los ex: nunca del todo resueltos.