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  • Editorial y año de publicación: Reservoir Books, 2024
  • Género/clasificación: Novela contemporánea

La seducción no empieza con una conquista. Empieza con una retirada. Con una voz que no avanza hacia el objeto de deseo sino que lo rodea, lo observa, lo aplaza. Esa decisión (formal y política) define la novela de La seducción y también su principal conflicto: ¿qué ocurre cuando una novela decide pensar el deseo sin entregarse a él?

Sara Torres escribe contra la expectativa. Contra la escena reconocible del encuentro, contra la linealidad del cortejo, contra la pedagogía emocional que tantas narrativas lésbicas contemporáneas han naturalizado. Aquí no hay progresión dramática clásica ni arco sentimental que cierre con alivio. Hay, en cambio, una conciencia que se interroga a sí misma mientras desea. Y ese gesto, tan lúcido como insistente, es a la vez el mayor acierto del libro y su límite más visible.

La trama (si aceptamos ese término con cautela) se organiza alrededor de una narradora que se sitúa en una relación asimétrica con otra mujer, una figura observada, pensada, deseada. El relato no avanza por acontecimientos sino por desplazamientos internos: reflexiones, retornos, dudas, formulaciones parciales. El deseo no empuja la acción; la suspende. Torres opta por una narración que trabaja por acumulación conceptual más que por tensión narrativa. No se trata de qué pasa, sino de cómo se piensa lo que pasa, incluso (sobre todo) cuando no pasa nada.

Esa elección no es neutral. La novela dialoga con una tradición ensayística y poética que ha problematizado el amor como construcción cultural, como campo de poder, como escena atravesada por género, clase y lenguaje. En ese sentido, La seducción no busca representar una historia lésbica “ejemplar”, sino exponer las condiciones que hacen posible (o imposible) una relación entre mujeres sin reproducir las lógicas del dominio. El deseo aparece entonces como un terreno resbaladizo: querer sin poseer, mirar sin apropiarse, narrar sin fijar.

El problema es que esa vigilancia constante sobre el propio deseo termina por convertirse en el motor único del texto. La novela se repliega sobre su propio método. Cada avance reflexivo se revisa, se corrige, se pone en duda. El gesto crítico se vuelve reiterativo. No porque carezca de inteligencia, sino porque desconfía tanto de la afirmación que acaba neutralizando su potencia. El lenguaje, preciso y contenido, a veces parece más preocupado por no caer en el error que por asumir el riesgo de una afirmación incómoda.

El texto apuesta por una prosa limpia, casi quirúrgica, con frases que buscan exactitud más que intensidad. Hay una renuncia deliberada a la exuberancia emocional, a la escena explícita, al dramatismo. Esa contención puede leerse como resistencia a la espectacularización del deseo lésbico, tan fácilmente consumible. Pero también genera un efecto de distanciamiento que, en ciertos tramos, enfría el pulso narrativo. La novela piensa mucho; siente con cautela.

El deseo entre mujeres aparece atravesado por silencios, por desigualdades, por malentendidos que no se resuelven. Esa honestidad es valiosa. Sin embargo, la insistencia en la autorreflexión deja poco espacio para que la otra figura (la mujer deseada) exista más allá de la mirada que la construye. El riesgo de la novela es convertir la ética del cuidado en una forma sofisticada de centralidad narrativa: todo pasa por la conciencia de quien narra.

Hay aciertos claros. La seducción se niega a ofrecer un relato tranquilizador. No romantiza la espera ni convierte la incomodidad en virtud estética. Señala, con precisión, cómo el deseo puede reproducir violencias incluso cuando se cree emancipado. La novela incomoda porque no concede identificación fácil ni cierre emocional. Eso la vuelve exigente, incluso ingrata para ciertas lectoras. Y ese gesto es coherente con su proyecto.

Pero también hay zonas que quedan sin explorar. El contexto social y material del vínculo apenas se insinúa. El mundo exterior existe como fondo difuso, no como fuerza que intervenga en el deseo. Esa elección refuerza la dimensión introspectiva del texto, pero limita su alcance político. El deseo aparece casi exclusivamente como problema del lenguaje y de la conciencia individual, no como experiencia situada en un entramado más amplio de relaciones y condiciones.