- Editorial y año de publicación: Amazon Kindle Direct Publishing (KDP) — autoedición, 2025
- Número de páginas: 240
- Género/clasificación: Novela
Hay silencios que no alivian. Silencios que no ordenan el recuerdo ni ofrecen descanso. El silencio de una canción se instala en uno de ellos: ese espacio donde el amor ya ocurrió, la pérdida ya es un hecho, y aun así la conciencia sigue girando alrededor de lo mismo, incapaz de avanzar, incapaz también de retirarse. La novela de Tania Sánchez no empieza cuando algo sucede, sino cuando todo ya ha pasado y lo único que queda es la imposibilidad de resolverlo.
Desde sus primeras páginas, el texto propone una experiencia de lectura marcada por la contención y la reiteración. La historia se articula alrededor del duelo amoroso de su protagonista, una mujer que intenta habitar la ausencia de la persona amada sin encontrar una forma clara de hacerlo. No hay una línea narrativa tradicional ni una progresión orientada al cambio; lo que hay es un movimiento circular, insistente, casi obsesivo, que convierte la memoria en el verdadero escenario del relato.
El argumento, en términos estrictos, es mínimo. La novela se construye a partir de recuerdos fragmentarios, escenas breves, asociaciones sensoriales (especialmente musicales) y reflexiones que vuelven una y otra vez sobre los mismos puntos emocionales. El tiempo no avanza; se pliega. El presente existe apenas como un lugar desde el cual mirar hacia atrás. Esta elección formal no es casual: Sánchez escribe el duelo como estado permanente, no como tránsito.
La prosa acompaña esta decisión con una escritura precisa, sobria, de frases limpias que evitan el exceso ornamental. Hay un cuidado evidente por el ritmo interno, por el peso del silencio y por la sugerencia antes que la explicación. La música atraviesa el texto como una forma de memoria corporal: canciones asociadas a momentos concretos, melodías que devuelven una imagen, un gesto, una piel. No como símbolo grandilocuente, sino como detonante emocional. En este punto, la novela demuestra una notable sensibilidad estética.
Es un amor vivido, intenso, contradictorio, con sus zonas de dependencia, ternura y desgaste. No hay pedagogía ni idealización. Tampoco necesidad de justificar la relación ante ningún marco externo. Esa naturalidad es uno de los grandes aciertos del libro y lo inscribe con claridad dentro de una literatura sáfica que ya no necesita legitimarse a través del sufrimiento extremo ni del romanticismo edulcorado.
Sin embargo, es precisamente en la gestión de la interioridad donde la novela encuentra su principal punto de fricción. La protagonista es profundamente indecisa, y esa indecisión no funciona como motor narrativo, sino como estado fijo. El texto vuelve reiteradamente sobre las mismas dudas, los mismos recuerdos, las mismas preguntas sin introducir variaciones significativas. La indecisión no se transforma, no se desplaza, no se reconfigura. Permanece.
Aquí conviene hacer una distinción importante. La indecisión, como rasgo psicológico, es coherente con el duelo que se retrata. Resulta verosímil, incluso honesta. El problema aparece cuando esa indecisión deja de generar nuevas capas de sentido y empieza a operar como repetición inerte. En varios tramos, la novela no profundiza: insiste. Y esa insistencia, sin suficiente contraste o tensión nueva, puede generar una sensación de estancamiento que muchas lectoras han señalado con razón.
No se trata de exigir una resolución convencional ni una transformación explícita del personaje. La apuesta de Sánchez es clara: escribir el duelo como un lugar del que no siempre se sale. El problema es de dosificación. La reiteración emocional no siempre produce densidad; a veces solo prolonga el mismo estado sin ofrecer una lectura más compleja del mismo. La voz narrativa está bien construida, pero evoluciona poco, y esa falta de desplazamiento interno acaba pesando.
La novela opta por una estructura segura, quizá demasiado. No hay quiebres estilísticos relevantes ni riesgos formales que tension en el discurso. La escritura es eficaz, pero rara vez sorprende. Esa elección refuerza la coherencia del tono, pero limita la capacidad del texto para sacudir al lector cuando la emoción empieza a volverse previsible.
Al terminar el libro, no queda una sensación de conclusión, sino de suspensión. Como una melodía interrumpida que se repite mentalmente sin llegar al último acorde. Puede resultar agotador. Puede resultar profundamente honesto.

