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Hay un tipo de hastío que solo se siente a los dieciséis años. Un aburrimiento tan denso que se convierte en dolor físico, en ganas de incendiar algo (aunque sea tu propia vida). Lukas Moodysson capturó esa asfixia en 1998 con una cámara nerviosa y dos adolescentes atrapadas en Åmål, un pueblo sueco tan diminuto que su nombre se convierte en insulto: fucking Åmål.

Agnes cumple dieciséis. Su madre ha organizado una fiesta. Nadie viene. Ese plano de una sala vacía, de una torta que nadie partirá, condensa todo lo que vendrá: la soledad radical de quien no encaja, el tiempo que se estira como chicle en los lugares donde nunca pasa nada. Agnes escribe un diario en su computadora, escucha música en su habitación y carga un secreto que en 1998 (y en un pueblo como ese) pesaba como una condena: está enamorada de Elin, la chica más popular del instituto.

Elin tiene catorce años y es todo lo que Agnes no es. Rubia, deseada, ruidosa. Sale con chicos, va a fiestas, besa a quien no quiere besar. Pero Moodysson no nos deja cómodas con ese contraste fácil. Bajo la superficie de Elin late el mismo vacío, la misma pregunta sin respuesta: ¿esto es todo? En una escena clave, grita con desesperación algo que se traduce como “¿por qué tenemos que vivir en el puto Åmål de mierda?”. Su rebeldía no es pose; es síntoma. Ambas están atrapadas en el mismo pueblo, en la misma adolescencia, en la misma jaula de expectativas.

Lo que desencadena todo es un acto de crueldad adolescente: una apuesta. Elin besa a Agnes por veinte coronas (unos dos dólares) y huye entre risas con su hermana Jessica. Ese beso-burla, ese primer contacto envenenado por la humillación, es el detonante de algo que ninguna de las dos esperaba. Fucking Åmål arranca desde la herida, no desde la dulzura.

Moodysson filma con una textura casi documental (grano visible, luz natural, encuadres que parecen robados) que ancla la historia en una materialidad reconocible. Åmål existe. Ese instituto existe. Esas fiestas donde suena eurodance y todos fingen divertirse existen. La película huele a cerveza tibia, a desodorante barato, a interiores de coches donde pasan cosas que luego negarás. Esa tactilidad es política: al negarse al glamour, Moodysson insiste en que esta historia merece contarse exactamente así, sin embellecerla para hacerla digerible.

El guion evita el melodrama del sufrimiento lésbico que dominaba (y en parte sigue dominando) las narrativas queer. Agnes sufre, sí, pero la película no se regodea en su dolor ni la castiga por desear. Y Elin no es una experimentadora cínica ni una heroína redentora. Es una adolescente confundida que descubre algo sobre sí misma y no sabe qué hacer con eso. Esa ambigüedad, esa negativa a los arquetipos limpios, es lo que hace que Fucking Åmål respire todavía hoy.

La película arrasó en Suecia (más de 867.000 espectadores, la más vista del año en producción local) y conquistó Europa con más de dos millones de entradas. Ganó cuatro Guldbagge en 1999 (Película, Director, Actriz y Guion) y el premio Teddy en Berlín. Ingmar Bergman la llamó “la primera obra maestra de un joven maestro”. Autostraddle la ubicó en el puesto 20 de las mejores películas lésbicas de todos los tiempos. El British Film Institute la incluyó entre las 50 películas que deberías ver antes de los catorce años.

¿Sus limitaciones? La mirada sigue siendo la de un director varón, y hay momentos donde la cámara observa más de lo que habita. El contexto de clase apenas se roza. Y el final, añadido tardíamente por Moodysson y Dahlström durante la producción, puede leerse como una concesión al optimismo que la propia película había puesto en duda.

Pero quizás eso sea lo que la hace perdurar. Fucking Åmål no ofrece respuestas, solo la certeza de que el deseo encuentra grietas incluso en los lugares más inhóspitos. Que a veces el amor empieza con una apuesta cruel y termina en algo que ninguna de las dos esperaba. Que los pueblos que te asfixian también pueden ser el escenario de tu primera revolución.

Y que en cualquier Åmål del mundo, alguien está mirando a alguien que no debería mirar. Y eso, veintisiete años después, sigue importando