Un internado católico, muros de piedra y silencio. Una profesora de poesía recita versos mientras una alumna la mira con una intensidad que no debería existir en un aula. Loving Annabelle (2006) comienza como tantas fantasías lésbicas de la era pre-streaming, pero hay algo en la temperatura de esa mirada (en cómo la cámara de Katherine Brooks se demora en ella) que anuncia un territorio más incómodo. No estamos ante una simple historia de amor prohibido. Estamos ante un campo minado.
Brooks, directora lesbiana que huyó de Louisiana a los dieciséis años para dormir en su coche frente a un motel de Hollywood, creó esta película como respuesta directa a Mädchen in Uniform, el clásico alemán de 1931 que inauguró el cine lésbico con otra historia de estudiante enamorada de su maestra. Pero donde Leontine Sagan sublimó el deseo en tragedia y represión prusiana, Brooks decidió que sus protagonistas consumarían lo suyo. Que el deseo tendría cuerpo, carne, consecuencias. Que después de setenta y cinco años, las lesbianas en pantalla merecían tener sexo de verdad.
La trama es un ejercicio de tensión calculada. Annabelle (Erin Kelly), hija de una senadora, llega al internado de Santa Teresa tras escándalos previos. Rebelde, budista, demasiado segura de sí misma. Simone (Diane Gaidry), la profesora de literatura, carga con el duelo secreto de una amante muerta a quien tuvo que llorar como “mejor amiga”. Entre ellas se teje una atracción que Brooks filma con paciencia de voyeur: roces de meñiques en la oscuridad, miradas que duran un segundo más de lo debido, el ritual del cigarrillo compartido. La película construye su erotismo desde la postergación, desde el casi.
Y aquí es donde Loving Annabelle se vuelve fascinante y problemática en partes iguales. Brooks trabaja ferozmente para desactivar la incomodidad inherente a su premisa. Annabelle persigue; Simone resiste. Annabelle tiene experiencia previa; Simone está emocionalmente paralizada. La actriz que interpreta a la estudiante no parece en absoluto una adolescente. Son decisiones conscientes, casi desesperadas, por hacer digerible lo que en otras manos (en manos masculinas, por ejemplo) sería inmediatamente repugnante. ¿Funciona? Depende de a quién le preguntes.
La escena de sexo, filmada en 35mm con una textura casi pictórica, fue revolucionaria para su momento. Brooks quería mostrar intimidad sin el pudor habitual del cine independiente, sin la mano que simplemente recorre un cuerpo antes del fundido a negro. Las protagonistas se desvisten mutuamente, se exploran, llegan al orgasmo. Es una escena coreografiada con intención política: demostrar que el deseo entre mujeres es real, físico, digno de ser visto. Pero también es una escena que ocurre entre una adulta en posición de poder y una menor a su cargo. La película no puede escapar de esa contradicción por mucho que lo intente.
El contexto de producción importa aquí. Loving Annabelle se rodó en doce días, con un presupuesto mínimo y tres días antes de comenzar el rodaje aún no tenían a Simone. Es cine de guerrilla queer, hecho por y para una comunidad hambrienta de verse en pantalla sin morir al final, sin sufrir por su sexualidad, sin pedir perdón. Durante años fue una de las películas más alquiladas en Wolfe Video. Para una generación de lesbianas que crecieron en los noventa, fue formativa. Eso no la hace inmune a la crítica; la hace más interesante de analizar.
Donde la película tropieza es en su incapacidad para sostener la complejidad moral que propone. El novio de Simone es tan obviamente inadecuado que nunca representa una amenaza real al romance central. Las compañeras de Annabelle (la chica que se corta, la que esconde un embarazo adolescente) son esbozos que prometían profundidad y quedaron en el montaje. El guión, desarrollado durante siete años, muestra costuras de reescritura: hay momentos donde Annabelle es la persona más madura del internado y otros donde actúa con la teatralidad caprichosa que contradice todo lo anterior.
Pero hay una escena que redime muchos pecados. Cuando Annabelle descubre la verdad sobre la amante muerta de Simone, su abrazo es lo primero genuinamente conmovedor de la película. Por primera vez, alguien ve a Simone completa. Por primera vez, el duelo puede ser duelo y no mentira. En ese momento, Loving Annabelle deja de ser fantasía y toca algo verdadero sobre la soledad de amar en secreto, de perder en silencio.
Setenta y cinco años después de Mädchen in Uniform, el internado sigue siendo el mismo escenario de represión y deseo. Lo que cambió es que ahora las protagonistas se tocan. Si eso es progreso o simplemente otra forma de fantasía, es una pregunta que cada espectadora deberá responder sola, probablemente a oscuras, probablemente con el estómago un poco revuelto. Como el mejor cine incómodo, Loving Annabelle no te deja tranquila. Y quizás ese sea su mayor logro.

