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Hay una escena en Anne+ donde la protagonista observa a Lou, un drag king no binario, moverse bajo las luces de un club de Ámsterdam. No es deseo exactamente lo que cruza su rostro, sino algo más incómodo: la sospecha de que su vida ordenada (novia estable, novela en proceso, mudanza a Montreal) podría ser la jaula más elegante que se ha construido. La película de Valerie Bisscheroux y Mees Peijnenburg vive en ese instante de vértigo, en el momento previo a que todo se desmorone.

Anne+ llega al largometraje después de dos temporadas de serie web que hicieron historia silenciosa: financiadas inicialmente por crowdfunding, creadas por un equipo casi enteramente queer y femenino, y con la premisa radical de mostrar a una lesbiana que simplemente vive sin que su sexualidad sea tragedia ni fetiche. La película continúa esa apuesta, pero la eleva (o la complica) al enfrentar a Anne con una crisis que ningún progresismo puede resolver: la de convertirse en adulta.

La trama es engañosamente simple. Anne (Hanna van Vliet, también cocreadora del proyecto) debe terminar su novela autobiográfica mientras su novia Sara parte hacia Canadá. Han acordado una relación poliamorosa, ese territorio que en el cine suele funcionar como metáfora del caos millennial. Pero aquí el poliamor es menos ideología que síntoma: Anne dice estar bien cuando evidentemente no lo está. Evita conversaciones difíciles. Procrastina. Se enreda con Lou mientras posterga decisiones que la aterran. La película la retrata sin condescendencia ni idealización: Anne puede ser egoísta, evasiva, encantadora, cobarde. Una persona, en suma.

Ámsterdam funciona como personaje paralelo, y Bisscheroux la filma con esa luz nórdica que parece prometer claridad pero entrega más bien una melancolía difusa. Los canales, los apartamentos luminosos, los bares queer: todo sugiere una utopía de aceptación donde la homofobia simplemente no existe. Esta elección tiene doble filo. Por un lado, resulta liberador ver un mundo donde lo queer es tan cotidiano que nadie necesita explicarlo. Por otro, la película a veces se siente suspendida en una burbuja, desconectada de las fricciones que siguen atravesando incluso a las sociedades más progresistas.

Donde Anne+ tropieza es en su ambición enciclopédica. Hay escenas donde los personajes discuten terminología queer —qué significa ser no binario, la historia del drag, los pronombres— con el tono de quien lee en voz alta un manual introductorio. Estas secuencias didácticas chocan con el resto de la película, que precisamente funciona porque no explica. ¿Para quién son esas lecciones? No para la comunidad que la película celebra. Es como si Anne+ dudara de su propia audiencia, o temiera excluir a algún hipotético espectador heterosexual que probablemente nunca llegará a verla.

Las escenas de sexo, explícitas y filmadas con naturalidad, merecen mención aparte. No hay male gaze aquí, ni coreografía pornográfica, ni pudor moralista. Los cuerpos son diversos, imperfectos, deseantes. Pero incluso aquí la película muestra sus costuras: alguna secuencia parece insertada para cumplir una cuota más que para avanzar la historia, como si la desnudez fuera en sí misma declaración política.

Lo que salva a Anne+ de sus excesos es Hanna van Vliet. Su Anne es irritante del modo en que somos irritantes a los veintitantos: convencida de su propia complejidad mientras evita ver lo obvio. Van Vliet construye el personaje con pequeños gestos (una risa nerviosa, una mirada que se desvía en el momento crucial) que dicen más que cualquier monólogo. Y el desenlace, sin spoilers, elige la amistad sobre el romance como puerto de llegada, una decisión que se siente genuina en lugar de moralista.

Anne+ no es la película lésbica definitiva, ni pretende serlo. Es algo más modesto y quizás más valioso: un retrato de comunidad, de esas redes de afecto queer que sostienen cuando el amor romántico falla. Ver a Anne rodeada de amigas que la confrontan, la abrazan, se disfrazan de drag con ella en un apartamento demasiado bonito para ser real, es ver una fantasía que muchas conocemos (o anhelamos). Que la fantasía tenga grietas no la hace menos necesaria.