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Un lago inmóvil. Árboles que se alzan como barrotes de una cárcel verde. Y una mujer que ensaya, frente al espejo, la llamada al 911 para reportar la muerte “accidental” de su esposa. Así comienza la pesadilla en What Keeps You Alive (2018), el thriller canadiense de Colin Minihan que transformó los códigos del terror sáfico.

Jackie y Jules llegan a una cabaña remota en la región de Muskoka, Ontario, para celebrar su primer aniversario de bodas. El paisaje es postal idílica: montañas imponentes reflejadas en aguas quietas, el crujir de la madera vieja, el silencio denso del bosque canadiense. Todo parece dispuesto para la reconciliación íntima de una pareja joven. Pero cuando una vecina llama a Jackie por otro nombre (Megan), las grietas comienzan a revelarse. Y lo que Jules descubre no es simplemente un secreto del pasado: es el rostro de una depredadora que ha estado cazando todo este tiempo.

Durante décadas, el cine de terror confinó a las lesbianas en dos casillas: la vampira seductora o la psicópata obsesionada con una mujer heterosexual. Desde Dracula’s Daughter (1936) hasta Vampyros Lesbos (1971), pasando por The Hunger (1983), la queerness funcionaba como sinónimo de monstruosidad o como excusa para el voyeurismo masculino. La sexualidad sáfica era, en sí misma, la amenaza.

What Keeps You Alive rompe este molde con elegancia brutal. Jackie (Hannah Emily Anderson) es una sociópata, sí. Pero su patología no tiene nada que ver con desear a mujeres. Como ella misma declara con frialdad quirúrgica: “Es naturaleza, no crianza”. La película separa, por fin, la orientación sexual de la psicopatía. Jackie mata porque es lo que es (una cazadora), y sus víctimas resultan ser mujeres porque esas son las personas de quienes puede enamorarse. La distinción parece sutil, pero es revolucionaria.

La fotografía de David Schuurman convierte la naturaleza de Muskoka en cómplice y testigo. Los planos enfatizan la verticalidad del bosque (los árboles como rejas, el cielo apenas visible entre las copas), mientras el lago se extiende como una promesa de escape que nunca se cumple. La paleta cromática oscila entre verdes tan oscuros que parecen negros y el gris metálico del agua. Un día nublado perpetuo que aplasta cualquier esperanza.

Minihan introduce variaciones visuales que amplían el espectro emocional: flashbacks en blanco y negro muestran los momentos felices de la pareja (ahora contaminados por la revelación), mientras secuencias bajo luz ultravioleta revelan manchas de sangre en tonos púrpura y turquesa, evidencia de crímenes anteriores que la superficie doméstica ocultaba. La cabaña, con sus libros del siglo XIX aún en los estantes, se transforma de refugio romántico en escenario de cacería.

Brittany Allen (quien además compuso la banda sonora, ganando su primer crédito como compositora) interpreta a Jules con una vulnerabilidad que se transmuta en ferocidad. Su transformación de esposa enamorada a superviviente es física: la vemos arrastrarse, curarse heridas, recolocar huesos. Allen ofrece una actuación que es puro cuerpo maltratado y mente que se rehúsa a rendirse.

Anderson, por su parte, construye a Jackie como una versión de bolsillo de Amy Dunne (la icónica antagonista de Gone Girl), pero con un registro más contenido, más cotidiano y, por ello, más perturbador. Su capacidad para alternar entre súplicas aparentemente sinceras y miradas de depredador calculador resulta hipnótica. Hay una escena temprana donde Jackie practica su llamada de emergencia frente al espejo; el contraste entre sus lágrimas fabricadas y la serenidad de sus ojos revela todo lo que necesitamos saber.

Uno de los aspectos más refrescantes de la película es lo que no hace: no convierte la sexualidad de las protagonistas en tema. No hay escenas de coming out, no hay padres que rechacen, no hay miradas de desaprobación de vecinos. Jackie y Jules son simplemente una pareja casada. Su matrimonio es un hecho dado, no un conflicto narrativo. El horror proviene de la traición íntima, del descubrimiento de que quien duerme a tu lado puede ser un extraño absoluto.

Esta normalización tiene un efecto paradójico: al no sexualizar ni problematizar la relación lésbica, la película permite que las espectadoras queer se vean reflejadas en una narrativa universal sobre la confianza y sus traiciones. Jackie no mata porque es lesbiana; mata y además es lesbiana. La conjunción es crucial.