En una oficina de perfumería, entre frascos y balances, una jefa se planta. Petra está convencida de que ha ganado: acaba de contarle a doña Marta que su nueva dependienta, Fina, intentó besarla y la llama “degenerada”, “invertida”, esperando que la echen sin miramientos. Pero la escena se quiebra: Marta despide a Petra por chismosa y se queda con Fina en la plantilla. En pleno late franquismo de ficción, la primera verdadera transgresión de Sueños de libertad no es un beso, sino una decisión laboral.
La serie diaria de Antena 3, ambientada a finales de los cincuenta en la colonia de la fábrica de perfumes De la Reina, se ha convertido en la ficción española más vista en televisión lineal, con más de 1,2 millones de espectadores y un 13 % de cuota estable. En ese paisaje de sobremesa, Marta de la Reina y Serafina “Fina” Valero se vuelven algo incómodo y fascinante a la vez: una historia de amor entre jefa y empleada que se despliega en horario familiar, en un país que todavía arrastra sus fantasmas franquistas.
La relación de Marta y Fina nace atravesada por la clase. Ella, hija del chófer, criada en la órbita del servicio, entra en la perfumería como dependienta después de años en los márgenes de la empresa. Marta, heredera de los De la Reina, dirige la tienda, responde ante su padre y sostiene un matrimonio de conveniencia con Jaime, un médico que pasa poco por casa.
El ship “Mafin”, bautizado así por el propio fandom, condensa una fantasía muy específica: la historia de dos mujeres que se conocen desde niñas, separadas por el dinero y las expectativas familiares, obligadas a negociar su deseo en pasillos, trastiendas y despachos. El romance no irrumpe como flechazo gratuito; se apoya en la lealtad, en la confianza que se gana cuando Marta protege a Fina frente a la homofobia de Petra y frente al juicio moral de la fábrica.
El guion escenifica esa intimidad en espacios liminales: la tienda cerrada, el almacén, las habitaciones contiguas de la casa familiar. Lo sáfico se refugia en los pliegues de la puesta en escena, en miradas sostenidas y en un lenguaje corporal que las actrices trabajan con un coach específico para las escenas más delicadas. Para ser una telenovela diaria, la serie apuesta por una estética cuidada (decorados en estudio, exteriores toledanos, vestuario de época) que da a Mafin un entorno visual sólido, más cercano al prime time que al culebrón low cost.
Mafin no vive en un presente ambiguamente tolerante, sino en 1958, con el franquismo como marco explícito. La serie subraya que Fina es lesbiana desde el propio texto: Petra la nombra “invertida”, la prensa especializada habla de ella como “declarada lesbiana en la serie” y la trama construye su arco alrededor de esa identidad.
La represión no se queda en susurros de vecinas. En un punto clave, Santiago (ex empleado de la fábrica y pretendiente despechado) la denuncia ante la Guardia Civil por su orientación sexual. Fina acaba en prisión y, en esa celda, la lesbofobia adopta su forma más literal: el mismo hombre que la delata soborna a un guardia, entra en su celda y trata de imponerle un “correctivo” sexual, dispuesto a demostrarle que es “un hombre de verdad”.
Para una serie de sobremesa, la decisión es contundente. Sueños de libertad no disimula la violencia que el régimen ejercía sobre las disidencias sexuales, y la inscribe en el cuerpo de una mujer que nunca ha dudado de su deseo por otras mujeres. Esa claridad resulta rara en la televisión generalista, donde muchas tramas queer se pierden en subtextos y metáforas.
El reverso de esa audacia es la acumulación de daño: detención, encierro, agresiones físicas, chantaje. Fina se convierte en recipiente de casi todas las violencias posibles, hasta el punto de que la serie la empuja fuera de España (hacia un exilio que la aleja de Marta y del eje central de la ficción).
Lo que podría haberse quedado en “la trama gay” de una serie coral se ha convertido en fenómeno cultural. Si Mafin no se hubiera quedado en el salón de las casas, quizá hablaríamos de una trama valiosa, pero menor. Lo que la convierte en fenómeno sáfico es la manera en que ha desbordado la propia serie. Más de 1,2 millones de comentarios con el hashtag #Mafin y 48,4 millones de cuentas alcanzadas en un año sitúan a la pareja como uno de los fenómenos de televisión más masivos en redes recientes.
Todo un ecosistema se ha montado alrededor de Mafin: fanfics en Wattpad, podcasts, directos en Twitch dedicados a analizar cada escena, incluso una espectadora que se ha tatuado la silueta de la pareja en el brazo. Ahí está una de las claves culturales de Mafin: convertir una telenovela diaria en heterotopía queer, en espacio compartido donde lesbianas de distintas generaciones hablan de deseo, miedo y violencia desde una historia ambientada hace casi setenta años.
Las propias actrices, Marta Belmonte y Alba Brunet, son conscientes de ese impacto. Han recibido testimonios de madres que entienden mejor a sus hijas gracias a la serie, de chicas que se han sentido valientes por primera vez viéndolas en pantalla. La ficción entra por la trama, pero se queda por la posibilidad de reconocerse.

