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Una mujer de 84 años llamada Rosa, en pleno Zoom vecinal durante la pandemia, confiesa entre lágrimas que gracias a una telenovela de sobremesa pudo finalmente entender a su nieta lesbiana. Dice que a su generación nadie les enseñó que ese amor era válido. Pide perdón por los años de silencio. Este testimonio, rescatado por un fan en las redes, condensa algo que ninguna métrica de audiencia puede medir: el alcance de #Luimelia trasciende los 180 millones de impresiones en Twitter y los 42 trending topics acumulados. Trasciende, incluso, a sus propias protagonistas.

Lo que comenzó como una trama secundaria en Amar es para siempre (el serial más longevo de la televisión española) terminó convertido en un fenómeno sin precedentes en la ficción nacional: el primer spin-off nacido íntegramente del fervor de un fandom. En septiembre de 2018, Luisita Gómez (Paula Usero), la hija rebelde de los Asturianos, y Amelia Ledesma (Carol Rovira), vedette y femme fatale de ojos oscuros, comenzaron a mirarse distinto en el Madrid de los años setenta. Las fans acuñaron el término “Luimelia” fusionando sus nombres, y lo que siguió fue una avalancha digital que acumuló más de 40 millones de impresiones reales en una sola temporada. Atresmedia no tuvo más remedio que escuchar.

El 14 de febrero de 2020 (San Valentín, obvio) nació #Luimelia: seis episodios de apenas ocho minutos, exclusivos de Atresplayer Premium, que trasladaban a las protagonistas al presente. La premisa era audaz: ¿qué pasaría si Luisita y Amelia se conocieran hoy, libres del franquismo y sus sombras? La respuesta la construyeron Borja González Santaolalla y Diana Rojo, coordinadores de guion de la serie madre que aceptaron el encargo con una condición: libertad total. Y la tuvieron.

El formato breve, lejos de limitar, liberó. Cada temporada se convirtió en un laboratorio de experimentación narrativa: episodios en formato mockumentary, homenajes a Alta fidelidad, capítulos rodados en blanco y negro, secuencias completas grabadas en el asiento trasero de un Uber para capturar el desgaste cotidiano de una relación. La estética oscila entre el cine de Woody Allen y la frescura del vídeo digital, con guiños constantes a la serie madre a través de una ficción dentro de la ficción: Amar eternamente, la telenovela a la que Luisita está enganchada, espejo meta de su propio origen.

Pero el verdadero motor de #Luimelia late en la química entre Usero y Rovira. El director lo describe con precisión: cuando una pareja de comedia romántica tiene química real, es magia, y ocurre pocas veces. Ambas actrices improvisaron, aportaron ideas, llegaron incluso a escribir un capítulo de la tercera temporada. La naturalidad con que representan el deseo entre mujeres (sin fetichización, sin pedagogía forzada) se siente como un acto de resistencia silenciosa contra décadas de representación estereotipada.

#Luimelia aborda la lesbofobia contemporánea sin sermones. En la primera temporada, un director de casting descarta a Amelia para un papel lésbico porque “es demasiado guapa para hacer de lesbiana” (anécdota real del entorno de los guionistas que expone el absurdo de los estereotipos persistentes). La serie desmonta el mito romántico heredado de la telenovela tradicional: aquí el amor no sobrevive a todo por arte de magia, sino que se negocia, se desgasta, se reconstruye. Los creadores lo definen como la transición del “amor romántico” de Amar es para siempre al “amor real” del spin-off.

La cuarta temporada, estrenada en julio de 2021, expandió el formato a treinta minutos por episodio y amplió el equipo de guionistas, pero mantuvo el espíritu: quemar todos los cartuchos en cada entrega, no guardarse nada para una hipotética continuación. El cierre dejó a las protagonistas en un lugar luminoso, lejos de la tragedia que históricamente ha perseguido a los personajes lésbicos en pantalla, ese “síndrome de la lesbiana muerta” que #Luimelia esquiva conscientemente.

Paula Usero, nominada al Goya como actriz revelación por La boda de Rosa, lo resumió con contundencia: las historias lésbicas siguen siendo extraordinarias cuando deberían ser normales, cotidianas, aburridas incluso. Mientras dos chicas besándose en el metro siga siendo noticia (o agresión), seguirá haciendo falta ficción que muestre lo que debería ser obvio: que el amor entre mujeres existe, respira, tropieza y se levanta como cualquier otro.

Rosa, la señora de 84 años, tardó décadas en entenderlo. Pero lo entendió. Y eso, quizás, sea la crítica más precisa que pueda hacerse de #Luimelia: no cambió el mundo, pero cambió alguna mirada. A veces, con eso basta.