Hay un momento a mitad de The Wedding Banquet (2025) donde las protagonistas deben “des-mariconizar” su casa antes de que llegue la abuela coreana conservadora de Min: sacan los DVDs de The Half of It, esconden las memorias de Elliot Page, desmontan el arte lésbico sugestivo que cuelga de las paredes. Es una escena que funciona como chiste visual, como guiño cómplice a la audiencia queer, como referencia directa al original de Ang Lee. Pero también es, sin quererlo, una metáfora perfecta de lo que hace esta película: guardar en el armario todo lo que podría resultar incómodo, mantener las cosas agradables, asegurarse de que nadie se ofenda demasiado.
Andrew Ahn, el director que nos dio Fire Island (esa revisión irreverente y punzante de Orgullo y Prejuicio), intenta actualizar la joya indie de 1993 de Ang Lee expandiendo su elenco: en lugar de un hombre gay taiwanés-americano fingiendo un matrimonio heterosexual, ahora tenemos dos parejas queer viviendo juntas en Seattle. Angela (Kelly Marie Tran) y Lee (Lily Gladstone) son una pareja de lesbianas que enfrenta una segunda ronda fallida de fertilización in vitro, mientras Chris (Bowen Yang) y Min (Han Gi-chan) (una pareja gay) lidian con problemas de compromiso y la inminente expiración de la visa de Min. La solución: un matrimonio verde entre Angela y Min a cambio del dinero para un tercer intento de IVF. Todo se complica cuando la abuela de Min aparece inesperadamente exigiendo una boda tradicional coreana.
En papel, la premisa promete: más personajes, más capas de complejidad, más oportunidades para explorar las intersecciones entre identidad queer, diáspora asiática y familia elegida. En pantalla, sin embargo, lo que obtenemos es una comedia romántica que no se decide entre ser farsa desenfrenada o drama intimista, terminando en un territorio tibio donde ninguna de las dos funciona del todo.
El problema más evidente es el lenguaje: los personajes conversan en “therapy-speak” constante, ese registro contemporáneo donde cada emoción debe ser verbalizada, cada conflicto procesado en voz alta, cada sentimiento etiquetado. Angela se queja incesantemente de su madre. Chris y Min discuten sobre compromiso como si estuvieran en sesión de parejas. Lee explica sus miedos con una articulación que ningún ser humano tendría en medio de una crisis emocional real. La película tiene “el aspecto gaseoso de la televisión de prestigio”, esa estética pulida y segura donde hasta los momentos supuestamente espontáneos se sienten guionizados hasta la muerte.
Y aquí está el nudo: ninguno de los miembros del elenco principal tiene verdadera química entre sí. Kelly Marie Tran y Lily Gladstone nunca logran convencernos de que estas dos mujeres compartirían una vida, mucho menos un hijo. El personaje de Angela es especialmente “churlish y poco atractivo”, haciendo imposible entender por qué Lee estaría en una relación con ella. La representación está ahí, técnicamente: dos mujeres en pantalla, besándose, planeando un futuro juntas. Pero falta textura, falta deseo, falta esa electricidad que hace creíble un amor que justifica los sacrificios dramáticos que la trama exige.
El guion oscila torpemente entre chistes con mayúscula (Bowen Yang arrancándose los pantalones como stripper) y discusiones melodramáticas llenas de lágrimas. Donde debería haber balance, hay sacudidas bruscas de tono. La película original de Ang Lee operaba en un registro de comedia agridulce, donde el humor nacía orgánicamente de la tensión entre tradición y deseo individual. Esta versión nos da sketches separados de momentos “graciosos” y escenas “emotivas”, como si Ahn no confiara en que ambos registros puedan coexistir en el mismo frame.
La película tiene dos mitades en constante conflicto: la comedia romántica estándar donde todo se detiene para que los actores intercambien bromas que pertenecen más a un especial de stand-up que a una película, y los momentos genuinamente conmovedores que exploran identidad, la brecha generacional entre asiáticos, y la reconciliación familiar. Cuando la película se permite ser vulnerable (particularmente en las escenas entre Min y su abuela, interpretada con capas de dolor y amor contenido por Youn Yuh-jung) algo auténtico emerge. La línea “Este no es el futuro que quería para ti. Pero no puedo converterte en el nieto que quería que fueras” resuena con una verdad desgarradora.
Pero estos momentos de gracia son excepciones en una narrativa que, después de los primeros veinte minutos, se vuelve predecible y repetitiva. Hay una caída notable de energía alrededor de la marca de dos tercios. Las apuestas narrativas no se sienten lo suficientemente altas; en 2025, cuando el matrimonio gay es legal en muchos lugares, el conflicto central requiere giros cada vez más rebuscados para justificarse. Y ese giro (el que cualquiera con dos dedos de frente verá venir desde Vancouver) llega exactamente cuando lo esperas, con exactamente las consecuencias que anticipaste.
Lo más frustrante es que Ahn comete el error cardinal del remake: va más grande mientras pierde la esencia que hacía al Wedding Banquet original tan compelling. Lee filmaba espacios íntimos con delicadeza, confiando en que los silencios y las miradas comunicarían lo que las palabras no podían. Ahn, en cambio, nos da clubes queer tan espaciosos y claramente ficticios que hacen pensar en el meme: “los clubes queer son geniales; ojalá fueran reales”. Todo luce demasiado perfecto, demasiado diseñado, demasiado consciente de estar representando en lugar de simplemente ser.
Lo que salva parcialmente la película es el elenco de apoyo. Joan Chen como la madre ultra-aliada de Angela (quien sobrecompensa su rechazo inicial convirtiéndose en activista PFLAG) aporta profundidad a lo que podría haber sido caricatura. Youn Yuh-jung navega las contradicciones de su personaje (una mujer atrapada entre el amor genuino por su nieto y las expectativas de su esposo conservador) con una sutileza que el resto de la película no merece. Son Chen y Youn quienes realmente cargan el tema del amor postergado con un alma que hace esta comedia screwball infinitamente más memorable.
The Wedding Banquet es el tipo de película que te hace sentir culpable por no amarla. Técnicamente competente, bien intencionada, con momentos de verdadera ternura. Es “determinadamente cordial” y “casi imposible de odiar”. Pero para una audiencia queer que ha visto evolucionar la representación, que ha experimentado tanto avances como retrocesos, que conoce la diferencia entre visibilidad y autenticidad, “agradable” ya no es suficiente.

