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  • Editorial y año de publicación: Knopf, 2019
  • Número de páginas: 368
  • Género/clasificación: Ficción histórica

¿Cómo se vive radiadamente cuando el mundo parece empeñado en tu borrado? Carolina De Robertis planteó esta pregunta en una entrevista sobre Cantoras, y la novela entera funciona como respuesta compleja, contradictoria, dolorosa. No ofrece fórmulas de supervivencia ni manuales de resistencia. Ofrece algo más valioso: cinco vidas que se rehúsan al silencio.

En 1977, cinco mujeres viajan desde Montevideo hasta Cabo Polonio. La dictadura militar uruguaya (que había comenzado en 1973 y duraría doce años) ha convertido la capital en espacio de vigilancia permanente. Flaca, Romina, Anita, Paz y Malena buscan una semana de libertad en geografía remota. Encuentran algo más peligroso: la posibilidad de convertir el refugio temporal en arquitectura permanente. Compran una cabaña destartalada, La Proa, y durante las siguientes tres décadas regresarán a ella como quien regresa a respirar.

El logro técnico más audaz de De Robertis reside en su manejo del punto de vista. La novela rechaza el centralismo narrativo: en lugar de anclar la historia en una sola protagonista, despliega un punto de vista cercano a tercera persona que se desplaza entre cuatro de las cinco mujeres. La decisión es arriesgada. Como señala la reseña de Lambda Literary, “el backstory puede ser territorio peligroso para la narrativa. Todo backstory es necesariamente estático”. ¿Cómo entonces construir momentum cuando gran parte de la novela consiste en revelar pasados traumáticos?

De Robertis resuelve el dilema mediante recursión estratégica. Primero aprendemos sobre el trauma de Romina desde la perspectiva de Flaca, su ex amante. Más tarde, accedemos al mismo trauma desde la conciencia de Romina. Esta repetición (¿o es recursión?) genera una sensación de intimidad ganada. El lector siente que se ha ganado el derecho a conocer estas historias, no que le han sido entregadas gratuitamente. El efecto es satisfacción emocional construida sobre arquitectura narrativa deliberada.

La quinta mujer, Malena, permanece opaca durante gran parte de la novela. Su conciencia no se nos abre con la misma generosidad que las otras cuatro. Lambda Literary identifica esto como “una de las líneas de tensión más largas de la novela: la retención sostenida y la revelación gradual del pasado y la interioridad de Malena”. Ella “sabe pero es incognoscible”. Esta decisión estructural no es arbitraria: convierte a Malena en embodiment del trauma tan profundo que resiste la narración. Cuando finalmente su historia emerge (electroshock, asalto sexual, la amenaza de lobotomía en una clínica dirigida por un ex nazi) entendemos retrospectivamente por qué su silencio no era distancia sino supervivencia.

La prosa de De Robertis posee una cualidad líquida que múltiples críticos han comparado con el océano. Kirkus describe su escritura como “rica y exuberante, como algo vivo que se derrama sobre el lector como el océan”. Esta no es metáfora casual: el mar funciona como presencia constante en la novela, espacio donde las fronteras se disuelven. Paz, la más joven del grupo, descubre en Cabo Polonio “una manera secreta de ser mujer. Una manera que hacía estallar las cosas, que derretía el mapa de la realidad”.

Este lenguaje sensorial eleva la novela por encima del simple testimonio histórico, pero también presenta riesgos. Un lector de Goodreads admite haber luchado al comienzo “porque el estilo de la autora intensifica muchas de estas experiencias de las mujeres y fue difícil para mí adaptarme al tipo de detalle sensorial y musings filosóficas de los personajes”. La prosa de De Robertis exige mucho: pide que el lector habite la conciencia de personajes que pasan “una cantidad asombrosa de tiempo pensando sobre lo que quieren y lo que sienten”.

Esta intensidad introspectiva es deliberada. Como señala la autora en entrevista con BookPage, el título mismo (cantoras, código uruguayo para lesbianas) contiene capas múltiples: “desde el placer sexual hasta tener una voz hasta la idea de que forjar una vida queer podría ser un tipo de artistry”. El acto de “cantar” no es solo metáfora del deseo sino de la creación consciente de vida contra las fuerzas que insisten en el silencio.

De Robertis despliega esta tensión entre voz y silencio mediante decisiones sintácticas específicas. Una guía de lectura pregunta: “¿Por qué opta por oraciones fragmentadas, de flujo de conciencia al narrar instancias de acciones de la autoridad opresora?” La respuesta está en la forma: el trauma no puede narrarse con sintaxis ordenada. Cuando Romina, Paz o Malena enfrentan violencia estatal o familiar, el lenguaje mismo se fractura. Esta fragmentación no es ornamento sino registro preciso de cómo el terror desorganiza la conciencia.

La estructura temporal refuerza esta aproximación al trauma. La novela avanza y retrocede entre 1977 y 2013, rechazando la linealidad cronológica. Lambda Literary identifica esta decisión como “trauma-informed, incluso healing-centered”: “El trauma no se preocupa por el tiempo, así que De Robertis rompe el tiempo para honrar el dolor”. Las revelaciones del pasado no llegan en orden cronológico sino cuando cada personaje está lista para compartirlas, cuando sus amigas están listas para escucharlas. “Cada vez que un personaje revela su pasado en Cantoras se siente como el momento correcto: para que ella revele, para que sus amigas contemplen, para que la narrativa resurja”.

Esta economía del testimonio (quién habla, cuándo, ante quién) constituye el corazón emocional de la novela. Lambda Literary lo llama “fraught economy” del escuchar: “Actos de testimonio son tanto el corazón de esta novela como su motor de tensión, ambas cosas idénticas. Cantoras privilegia el escuchar mientras dramatiza su economía fraught”.

Sin embargo, la novela no se limita al espacio íntimo. De Robertis entrelaza hábilmente lo personal con lo político. Romina es secuestrada y torturada por sus vínculos con el Partido Comunista. Paz es arrestada por sentarse de manera “poco femenina”. Malena es enviada a conversión therapy por besar a una vecina. La violencia estatal y la violencia familiar se refuerzan mutuamente. Como observa un lector en BookPage, “la persecución general de personas durante un régimen opresivo se entreteje con la persecución más genérica de homosexuales (en verdad esta persecución parecía ser más cultural y no realmente relacionada con la dictadura, aunque la contraportada las vincula)”.

Esta observación señala un matiz importante: la novela muestra cómo la homofobia trasciende los regímenes políticos. Cuando Uruguay vota para terminar la dictadura en 1984, la celebración es ambigua. Flaca revela su orientación a su padre, quien responde con aceptación. Pero el fin del régimen militar no equivale automáticamente a libertad personal. La opresión persiste, muta, encuentra nuevas formas.

De Robertis construyó la novela sobre base investigativa profunda. Explica en entrevista que pasó dieciocho años recopilando historias, comenzando en 2001 cuando buscaba “una comprensión más profunda de mi propio país de origen, Uruguay, y cómo se conecta con verdades e historias queer”. Uno de los personajes está basado en una amiga cercana; otros se inspiran en amigas de esta amiga que “generosamente compartieron sus historias y me dieron su bendición para mezclarlas en ficción”.

Esta metodología presenta ventajas y limitaciones. La ventaja: autenticidad emocional, detalles verificables de época, complejidad psicológica que solo emerge de conocimiento profundo. La limitación: ciertos momentos donde la novela parece más interesada en documentar que en dramatizar. La guía editorial de Penguin Random House describe la obra como “genre-defining”, pero esta ambición ocasionalmente produce pasajes donde el peso histórico aplasta el impulso narrativo.

El salto temporal al epílogo (2013, cuando Uruguay legaliza el matrimonio igualitario) funciona como gesto político necesario pero también como resolución quizás demasiado ordenada. Romina es ahora congresista, casada legalmente con Diana. El grupo regresa a Polonio, ahora destino turístico, para recordar a Malena. La escena ofrece closure y celebración de progreso social, pero también corre el riesgo de sugerir narrativa teleológica donde la lucha culmina en matrimonio legal.

De Robertis es consciente de esta trampa. En la misma entrevista donde explica el salto temporal, aclara: “No quiero sugerir, en absoluto, que el matrimonio del mismo sexo es el endpoint de la liberación queer. Pero ha sido un hito”. La tensión entre reconocer el hito y resistir la narrativa de “final feliz” recorre todo el epílogo.

La representación lésbica en Cantoras es su contribución más significativa al canon. De Robertis rechaza tanto la victimización como la idealización. Sus cinco protagonistas son complejas, contradictorias, capaces de lastimarse mutuamente. Anita se distancia del grupo cuando se enamora de una cantante famosa. Romina termina su relación con Malena por otra mujer. Las amistades se fracturan y se recomponen. Como explica la autora: “Si hubiera escrito una novela contando la historia de solo una lesbiana como personaje principal que tal vez tuviera muchas amantes, la gente probablemente pensaría que así son todas las lesbianas”. Cinco protagonistas permiten “mostrar variedad dentro de una comunidad”.

Esta variedad extiende su alcance más allá de personalidades individuales. Flaca es butch, hija de carnicero, trabajadora manual. Romina viene de familia judía ucraniana, es activista política, intelectual. Anita (luego La Venus) escapa de matrimonio heterosexual insoportable. Malena es maestra, reservada hasta el hermetismo. Paz tiene quince años cuando conoce a las otras, representa energía juvenil y promiscuidad celebratoria. Las diferencias de clase, edad, temperamento generan tensiones reales que la novela no suaviza.

Lo que permanece, terminada la lectura, no son los detalles específicos de la trama sino la sensación de haber habitado vidas complejas durante tiempo extendido. La Proa funciona como más que escenario: es manifestación física de la insistencia en existir. Estas cinco mujeres no esperaron permiso para crear comunidad. Tomaron espacio marginal (costa remota, cabaña abandonada) y lo transformaron en centro de sus mundos.

Esta transformación de margen en centro es el verdadero acto revolucionario de Cantoras. De Robertis documenta cómo se construye vida lésbica cuando todas las fuerzas sociales insisten en su imposibilidad. La respuesta no es heroísmo mitológico sino persistencia cotidiana: regresar a La Proa año tras año, reparar el techo, cocinar juntas, pelear y reconciliarse, testificar los traumas mutuas, seguir cantando incluso cuando algunas voces se silencian permanentemente.

El canto persiste. Esa es la apuesta final de la novela: que las voces, una vez liberadas, no pueden silenciarse completamente. Que la comunidad, una vez forjada, deja marcas permanentes en quienes la habitaron. Que el refugio, por temporario que parezca, puede convertirse en fundación sobre la cual se construyen décadas de vida auténtica.